Desde que el Demonio es demonio se libra en la Tierra una batalla entre él y Dios por conseguir las almas de la gente.
Evidentemente, la victoria final, el día del Juicio Final es de Dios, porque el Demonio es sólo una criatura suya, pero mientras...
Cada vez que vencemos una tentación vencemos al Demonio, con toda su sabiduría y poder. Cuando morimos en estado de gracia vencemos definitivamente en nuestra lucha con él, a pesar de todo su poder y sabiduría.
No se desde cuándo pero está claro que en los últimos siglos hay gente que trabaja para él de forma consciente. (Y trabajamos para él cuando pecamos).
Creo que desde el abandono del románico empezó la decadencia, el inicio de la manifestación social del Demonio, y quizá sus promotores (los "contructores de catedrales") fueron sus servidores.
Esa gente que trabaja para él lo hace de forma más o menos organizada.
No de forma totalmente organizada porque al ser el bando del Demonio, necesariamente tiene que haber algo de caos, desorden, desobediencia, etc.
Es decir, forman un ejército del mal (al servicio del Demonio).
Las organizaciones que pertenecen a ese ejército son las organizaciones tipo masonería, mafia, mara, (actualmente todos los gobiernos), donde sus afiliados tienen compromiso de obediencia absoluta a su superior (cada uno tiene un superior y sólo uno, como en cualquier ejército). Obediencia absoluta quiere decir absoluta, y una parte de esa obediencia es aceptar permanecer en la organización si el superior lo manda aunque queramos lo contrario. Y me parece que el castigo por la desobediencia siempre es la muerte (muerte ritual, ejecución, no con apariencia de accidente o enfermedad), o quizá el internamiento psiquiátrico.
Hasta la muerte de Pío X (en 1910) la Iglesia (como organización) fue la líder, organizadora del ejército del bien. Desde entonces ya no existe, por lo que la situación del ejército del bien es la de un "ejército en retirada en desbandada". En retirada porque la fuerza de ese ejército es mayor que la del bien (porque no existe como ejército), y en desbandada porque eliminaron a todos sus mandos: no queda ni un solo para coordinarla mínimamente. Es decir, nadie tiene un superior que le oriente lo que tiene que hacer.
Esta es la realidad y por tanto a ella debemos acomodar nuestra vida, nuestras acciones.
Esto (la existencia del ejército del mal y por tanto la necesidad de responder de forma más eficiente) ya lo dijo Juan Donoso Cortés hacia 1950 en su "Discurso sobre la dictadura", en que decía algo como: "cuando el enemigo está disperso y son personas individuales (delincuencia común), la policía (dispersa) es suficiente para frenarlos. Cuando el enemigo está organizado (lo que explicamos aquí del ejército del mal) hay que responder con la dictadura, con una organización fuerte del estado", que es lo que hicieron los generales que se sublevaron en 1936 en España: luchar con organización de ejército (del bien) contra el ejército del mal.
No sólo no tenemos a ningún superior que nos diga lo que tenemos que hacer, sino que además:
Nos falta información importante:
La cabeza del ejército del bien (el papa) era la fuente infalible de verdad (en temas de fe y de moral), es decir, cuando él decía algo sobre alguien o alguna idea, era infalible ("Roma locuta, causa finita", Roma ha hablado, no hay más que discutir), lo que servía a todos los miembros de su ejército para saber qué era lo correcto y qué era pecado (y como consecuencia saber quién era de su bando y quién del bando contrario).
Consecuencias: peleas entre gente del mismo bando, ineficacia en luchar contra el enemigo, pérdida de tiempo estudiando la moralidad de cada acto, pérdida de tiempo en tareas que descubrimos finalmente inmorales, caídas continuas en trampas del enemigo (apoyando falsas disidencias).
Porque será detectada y eliminada, y por la dificultad de formar a mucha gente para que compartan el mismo nivel de conocimiento de la doctrina.
Con solas las fuerzas humanas, si no podemos organizar ninguna gran resistencia, menos podremos organizar alguna suficientemente poderosa como para vencer al enemigo (además de la intrínseca de reconstruir desde cero la jerarquía, si eso es posible). Es decir, esta situación es humanamente irreversible (hasta el fin del mundo).
Podemos organizar alguna "escaramuza" y tener alguna pequeña victoria, podemos retardar un poco el avance del enemigo en un área muy pequeña (Franco en España), o incluso podemos hacerle retroceder un poco, pero la guerra (en grandes líneas) materialmente vamos a seguir perdiéndola.
Primero: a partir del momento que perdemos la alegría (por olvidar la presencia de la Stma. Trinidad en nuestro interior), a partir del momento que por conocer la verdad que explica este artículo nos provoca reacciones negativas (enfado, tristeza, desesperanza,...), estamos dejando que uno de nuestros malos demonios se apoderen de nosotros (el demonio enfado, el tristeza,...): el Demonio nos está venciendo. Para evitarlo no olvidemos lo que decíamos al principio: de que vencemos al Demonio con todo su poder cuando vencemos una tentación, y le vencemos definitivamente al morir en gracia. La tristeza, desesperanza, son a menudo tentaciones. Hay tristeza o desesperanza que no lo son, pero a menudo, sí.
Segundo: que nuestro objetivo es hacer lo que Dios nos manda. Y Dios no nos manda imposibles. Es decir, nuestro objetivo no es ganar la guerra, es dar gloria a Dios y con ello salvar nuestra alma (con el máximo de amor a Dios que podamos alcanzar y méritos). Por ello, por muy difícil que tengamos materialmente la vida, siempre "llevamos ventaja" si nos mantenemos unidos a Dios.
Tercero: que nunca nos faltará la gracia para mantenernos sin pecar sea cual sea la dificultad material, pero nos queda verla y aceptarla (aunque aceptarla nos cueste mucho materialmente).
El próximo día 27/1/2026 a las 19:30 (Dios mediante) el autor presentará el libro en la librería Namasté de Madrid, c/ Arquitectura 7. |
Rezar el Rosario (mejor en latín) es el último y único recurso que nos queda.
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