Hay dolores beneficiosos, que nos ayudan a mejorar nuestro comportamiento, y dolores que sólo nos perjudican.
El dolor es uno de los posibles estados del alma, fruto de, consecuencia de lo que pensamos y queremos. Cuando pensamos que algo malo nos afecta y no queremos, entonces tenemos dolor.
Vamos a ver aquí cómo la compasión (por el mal ajeno) no produce dolor por ella misma.
Una de las formas de investigar algo es "desmontarlo", aislar sus partes, para así ver la relación entre ellas, "el mecanismo", como cuando desmontamos un reloj.
En el alma, a diferencia de nuestros movimientos corporales, las cosas ocurren rapidísimamente, por lo que, si queremos investigarlas, hemos de mirarlas "a cámara lenta", porque si no, nos parece que ocurren a la vez, y no es así.
Hay una primera reacción instintiva de imitación de lo que vemos (al ver llorar nos viene el llanto instintivamente) (nos sentimos mal instintivamente al ver un mal ajeno). Las primeras reacciones, por ser instintivas, involuntarias, no son pecado.
Aquí es donde podemos incurrir en responsabilidad, en pecado. Por eso vamos a analizarlo con detalle para no caer en él.
Si miramos "a cámara lenta" lo que ocurre en nuestra alma una vez pasado el primer momento, a mí me parece que frecuentemente la compasión es un estado del alma muy pasajero, un tipo de tristeza que nos dura muy poco y por ello no causa dolor.
Pero inmediatamente tras a la compasión empieza a llenarse nuestra mente de buenas inspiraciones (de nuestro ángel de la guarda) o malas (de nuestros demonios), que son las que verdaderamente nos causan dolor, y puede que pasemos rapidísimamente de unas a otras. Ejemplos:
Malas inspiraciones de nuestros demonios:
Nos hiere el orgullo ver a nuestros hijos pecar porque nos hace pensar que los hemos educado mal.
Alimenta nuestro orgullo: "Qué santo soy y no ese otro", "qué santo soy que me duelen tanto los pecados de los demás", "qué santo soy que me preocupo por todo".
Nos provoca alegría por el mal de quien envidiamos.
Nos preocupamos por lo que no está en nuestra mano influir.
Buenas inspiraciones de nuestro ángel de la guarda:
Nos remuerde la conciencia por algo que enseñamos mal a nuestros hijos y podemos corregir.
Nos ocupamos por lo que está en nuestra mano hacer.
Es nuestro trabajo identificar cada uno de esos pensamientos que nos pasan por la cabeza y descartar los de los demonios y aprovechar sólo los de nuestro ángel de la guarda (que oímos como la voz de la conciencia, entre otras formas), pero por la compasión en sí, no tenemos dolor.
Acabo de publicar un libro sobre el tercer mandamiento. Tienen la reseña aquí |
Rezar el Rosario (mejor en latín) es el último y único recurso que nos queda.
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